¿Qué haces cuando acabas de ser operado del corazón por novena vez y tu médico te indica que tus posibilidades de sobrevivir son muy bajas?
Algunos habrían decidido vivir el resto de su vida a tope, sin
escatimar en gastos ni vicios, conscientes de que es preferible
aprovechar el poco tiempo que falta. Otros, más cuidadosos, habrían
intentado seguir el tratamiento a rajatabla, e intentar figurar en ese
pequeño porcentaje de los que conseguir salir adelante. Sin embargo, muy pocos habrían seguido el ejemplo del músico escocés Andy Mackie, que decidió invertir el dinero del tratamiento en ayudar a los demás.
¿Lo más llamativo del caso? Que el karma funcionó mejor que las
medicinas, y trece años después de su última intervención, el conocido
como “Harmonica Man”, seguía aún vivo.
Todo comenzó a principios de este siglo cuando, aquejado de problemas cardiacos y depresión, Mackie decidió que era hora de hacer algo con el poco tiempo que, en teoría, le quedaba en este mundo.
Los diferentes tratamientos lo habían debilitado en exceso y pasaba la
mayor parte del día solo. Como aseguró en su día, ¿por qué sufrir si
para lo único que sirve es para retrasar lo inevitable?
Así que cogió todo el dinero que debería haber gastado en medicamentos y decidió llevar su amor a la música, nacido después que su madre le regalase su primera armónica a los cinco años de edad, a los más pequeños. Esto se tradujo, en una primera fase, en la compra de instrumentos musicales que regalaba a los niños, mientras que él seguía viviendo en condiciones altamente precarias. Cogió los 750 dólares asignados para comprar hasta 15 medicinas diferentes y con ese dinero compró 300 armónicas que entregó a diferentes clases de educación infantil, a los que sólo les pidió que cuando se aburriesen del instrumento, se lo dejasen a sus amigos.
El escocés no tuvo ningún problema en desprenderse de ese útil dinero y de su tratamiento, ya que como aseguraba, la música había sido su principal alivio para afrontar todos los problemas a lo largo de su vida. Pero según pasó el tiempo, y la salud de Mackie no empeoraba, el proyecto alcanzó dimensiones gigantescas.
De un pequeño gesto a una gran empresa:
Once años después del comienzo de su empresa, Mackie no sólo estaba
feliz y en unas condiciones bastante aceptables, sino que había
conseguido entregar 16.000 armónicas a diferentes niños a través de su fundación, Andy Mackie Music Foundation . El anciano, que por aquel entonces rondaba los setenta años, decidió que no era suficiente y utilizó sus cheques de la seguridad social en comprar lo que llamó Strumsticks.
Se trata de una guitarra que resulta mucho más fácil de tocar que los
instrumentos tradicionales, diseñada con los niños en mente. La cosa no
se quedó ahí, sino que la fundación de Mackie comenzó a ofrecer clases gratuitas de música a los niños,
que incluso se dividían en grupos: armónicas para los más pequeños,
baterías e instrumentos rítmicos para los más mayores. Andy llegó a construir hasta 3.000 baquetas con sus propias manos.
Lamentablemente, los problemas de salud comenzaron a hacer mella en Andy
poco después, y tras unas complicadas operaciones de cataratas,
falleció a finales de 2011. Pero su proyecto sigue vivo, como se puede comprobar en la página web de su la Andy Mackie Music Foundation,
que sigue regalando nuevos instrumentos a los niños y ayudando a
fomentar su amor por la música de forma que el legado del escocés “que
debía estar muerto” siga vigente.
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